El Palacio de Jabalquinto en Baeza: una fachada parlante descrita por García Lorca

16 de Abril de 2019

 

El Palacio de Jabalquinto está situado en el casco urbano intramuros de Baeza, frente a la parroquia de Santa Cruz y adyacente a la sede principal de la Antigua Universidad, lo que conforma un conjunto monumental de lo más sugerente.

El inicio de su construcción data de los años finales del siglo XV, a iniciativa de Juan Alfonso de Benavides Manrique, Señor de Jabalquinto y primo del Rey Fernando el Católico. Durante el primer cuarto del siglo XVIII, el Palacio fue cedido por la familia (reservándose un derecho de uso y disfrute) para la ampliación del Seminario de San Felipe Neri, cumpliendo desde entonces la función, primero de Seminario y después de Colegio Menor hasta la segunda mitad del siglo XX, siendo con posterioridad sede de una escuela-taller de rehabilitación y, desde 1994, una de las subsedes de la Universidad Internacional de Andalucía. Fue declarado Monumento Histórico-Artístico en 1931.

Sin duda, uno de sus mayores atractivos es la fachada principal, con su magnífica decoración del gótico isabelino, donde destacan sus bellos ventanales y las puntas de diamante en resalte. También es magnífico el patio con dos pisos de arquerías de medio punto sobre esbeltas columnas. Un buen ejemplo de la abundante arquitectura renacentista de la ciudad.

El poeta Federico García Lorca visitó Baeza en 1916, junto a un grupo de estudiantes, y conoció a Antonio Machado, allí destinado como profesor de francés. A continuación les dejamos un fragmento de su libro “Impresiones y Paisajes”, publicado en 1918, donde el aún muy joven poeta granadino nos deleita con una espléndida descripción de la fachada de este palacio baezano:  

…En estas cabalgatas hombres musculosos van desnudos, apretando guirnaldas de rosas que cubren sus sexos, y las mujeres llevan las bocas abiertas lujuriosamente y sus brazos son serpientes que se retuercen para convertirse en hojas de acanto y lluvias de bolitas. Las marchas las cortan monstruos marinos con cuernos de árboles y manos de flores, que abriendo sus bocas hacen huir a las demás figuras. Algunas vuelan absurdamente y otras descansan muy serias con las manos sobre los senos. Cobija este bosque decorativo de flores y figuras un gran alero primorosamente labrado, sostenido por grandes zapatas en las que hay hombrotes destartalados, perrazos enormes, caras de noble expresión, entre ramajes de rostrillos, de margaritas, de puntas de diamante, y de cabecitas de chivo… Coronando el palacio hay una veleta que tiene forma de corazón, a su lado se eleva un ciprés.

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